Se habla de la tecnología del
futuro. Aquella que va a cambiar la forma en la que las personas se relacionan
con los objetos electrónicos que le rodea. Sabemos que los fabricantes han comenzado
a ensayar en la casa inteligente y han empezado a rodar sobre los dispositivos
«wearables». Sí, aún no nos
hemos puesto de acuerdo en cómo castellanizar esto, con lo que nos limitaremos
a decir vestibles, ponibles.
Lo que más se ha empezado a
comercializar han sido las pulseras cuantificadoras, que permiten analizar
algunos parámetros de la actividad física como consumo de calorías y pasos
dados, y los relojes inteligentes, los conocidos «smartwatches» por su
denominación anglosajona. Estos dispositivos de muñeca, llamados a revolucionar
desde la industria y la sociedad, llevan poco tiempo entre nosotros, pero son pocos los usuarios que han dado el paso de incorporarlos
a su día a día.
Sin embargo, sus limitaciones y
escaso catálogo de funcionalidades ha llevado que la fiebre se quede en un
conato de catarro. Aún no se han expandido de verdad, tal vez por el precio,
tal vez porque la mayoría de los usuarios no le ven sentido alguno. Al menos de
momento. Lo cierto es que, atendiendo a algunos estudios como el realizado por
la firma de análisis Endeavour Partners, un tercio de
los propietarios de un dispositivo «wearable» abandona en seis meses su uso.
Diseño que una
tradición y vanguardia
¿Cómo debería ser un reloj
inteligente? Cada uno puede tener una ligera idea acerca de esto, pero por lo
pronto dar la hora. Eso es obvio. Y de forma precisa, por supuesto. También personalizable.
Convertirse en la puerta de entrada del resto de dispositivos, ampliar sus
opciones -no solo subir el volumen de la televisión, también encender las
luces, permitir el pago online, desbloquear otros dispositivos, utilizarlo como
tarjeta de embarque o almacenador de tickets-, integrar un ecosistema de
servicios útiles como desde un cuantificador de pasos -para el usuario que solo
desea alcanzar su reto de 8.000 pasos diarios-
y para el deportista intensivo, aquel que no se conforma con esto sino que
quiere tener a un entrenador personal en la muñeca, con pulsómetro, por
ejemplo.
El reloj tendría que funcionar por
sí solo y no pedir permiso para el agobiante mensaje de «consulte en su
teléfono» para ver un simple mensaje o, simplemente, disponer de una conexión
independiente del móvil. También contar con una
certificación de resistencia de agua y polvo, de tal manera que el
dispositivo no se despegase de su propietario ni siquiera cuando se ducha. En
definitiva, un aparato versátil y completo.
Mayor autonomía
La autonomía y durabilidad de la batería de estos
aparatos está también detrás de sus principales inconvenientes. La necesidad de
enchufarlos a su cargador cada día, al igual que el teléfono móvil que portamos
-y el cual sí puede ser considerado compañero inseparable-, puede hacer que más
de uno lo abandone en un cajón a las primeras de cambio.
El reto es conseguir, según expertos
consultados por el diario ABC en las últimas semanas, que esta emergente
tecnología impregne los hábitos de los consumidores al ser «invisibles». Sí,
esto es discretos, que se fundan verdaderamente con la ropa hay firmas que
trabajan en tejidos cargados de sensores- y que la información que
recopile de nosotros y la que devuelva sea útil, variada y fácil de obtener.
Controlado
total por voz
De esa inquietud ha nacido Android Wear, un sistema operativo para dispositivos «wearables» bajo el paraguas de
Google. La mayoría de software son muy limitados, no se pueden instalar nuevas
aplicaciones y, en muchos de los casos, un simple mensaje al correo electrónico
no se puede ni contestar. Con Google Now, sistema de reconocimiento de voz del gigante de internet, se ha intentado
que la relación hombre-máquina sea más cercana a lo que tendría que ser esta
tecnología: fácil y rápida.
Servicios como WhatsApp, Facebook y multitud de aplicaciones que
usamos, en muchos casos, casi todos los días, ensayan sus propios programas
para estos singulares relojes, que dado que su razón de ser es estar
sincronizado a un teléfono matriz, pierde encanto para los usuarios. Las
personas, quizás, estarían dispuestas a portarlos, pero si es solo para recibir
notificaciones de redes sociales, visualizar el contenido de un
mensaje de correo electrónico o tener presente que la batería de su
«smartphone» está a punto de agotarse, mejor pensar en otra cosa.
Samsung, Sony, LG, Motorola… Hay muchos intentos de «wearables» en el mercado. Principalmente, bandas
cuantificadoras y relojes. Su éxito se resiste, pero parece que las previsiones
van colmándose. El mercado ha aumentado en un 684% en la primera mitad de 2014
respecto al mismo periodo del año anterior, según la firma de análisis Canalys. En concreto,
las pulseras para la actividad física han tenido un crecimiento exponencial y
han llegado a colocar unos 4 millones de unidades -el año anterior no llegaba
al millón-, con Fitbit y Jawbone como
principales marcas, mientras que los «smartwatches» llegaron hasta los dos
millones. Samsung se sitúa líder gracias a sus modelos Gear 2 y Gear Live.
Queda la duda de si Apple lanza el
cacareado iWatch, su apuesta
por este mercado, aunque ni sus características ni su fecha de presentación
están confirmadas. Para muchos analistas, el reloj que plasme una manzana
mordida en su carcasa lo
tendrá todo para romper las ventas. «Es una
tecnología natural. Pero para que algo funcione primero hay que convencer a la
gente que es tan increíble que deseen usarlo», se expresaba el propio Tim Cook, consejero delegado de la compañía durante una
conferencia.
Los jóvenes de hoy en día han dado
de lado al reloj tradicional. La pasión y amor por los relojes se ha quedado en
otras generaciones anteriores. El móvil ofrece la hora, y con
esto se bastan. Otro reto es unir un concepto tradicional con uno
donde la tecnología digital aporte valor y utilidad. Por esta razón, el aspecto
ideado por marcas como Pebble, Motorola con Moto 360 -que se presentará en septiembre- o el rumoreado LG G Watch R puede suponer un mayor atractivo para un número mayor de consumidores.
Fuente: ABC.es

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