Este miércles hace quince años que se iniciaron,
en California, los trámites de constitución de una nueva empresa. Se llamaba
Google, así se sigue llamando, y en este tiempo ha pasado de ser un buscador
llamativamente eficaz a convertirse en gigante y gurú universal de todo lo que
tenga que ver con internet.
Sus fundadores, Larry Page y Sergey Brin, acababan entonces de cambiar el nombre
original, BackRub, por Google, la adaptación al inglés del
concepto matemático «Gúgol», que se refiere a un número uno seguido de cien
ceros, con el que querían expresar la capacidad de este nuevo motor de
enfrentarse a infinitos resultados de búsqueda.
Desde que Page y Brin abandonaron el garaje que
alojaba, al comienzo, su oficina, ha llovido mucho: imágenes pioneras del
huracán Katrina, las islas Galápagos y hasta la Luna en Google Earth y Street
View, 150 dominios regionales, oficinas por todo el planeta, un sistema
operativo para móviles propio líder en el mundo (Android detenta ya más del 70% del mercado global de
smartphones) y unas gafas de realidad aumentada –las Google Glass-
aún en desarrollo, pero que nos proporcionan titulares casi cada semana.
Si no está en Google, no ha
pasado
Google se ha convertido en sinónimo de internet,
hasta el punto de que todo aquel que gestione una web o un blog sabe que, si no
aparece en su buscador, es como si no estuviera en la red. Informáticos y
webmasters se devanan los sesos debido a los constantes cambios en su sistema
de indexación y penalizaciones.
Organismos internacionales como la Comisión Europea investigan, desde hace tiempo, los
métodos que la compañía emplea para jerarquizar sus resultados de búsqueda,
para determinar si incurre, como afirman sus rivales, en competencia desleal al
dar preferencia a los enlaces a sus propios servicios.
Desde su primera incursión en el hardware en
2002 con Google Search Appliance, aquellas cajas amarillas que las empresas
podían utilizar para implementar un motor de búsqueda interna, Google tampoco
ha parado en este terreno. Lo último ha sido la adquisición de Motorola, con quien lanzará el Moto X, el primer smartphone íntegramente made in USA,
el desarrollo de coches autómatas y las Google Glass, que se han convertido en el
producto tecnológico más codiciado antes incluso de tener versión definitiva.
Una de cal y otra de arena
Las Glass han abierto numerosos interrogantes en
cuanto a privacidad y, en realidad, es así con todo: cada nuevo avance que
ejerce Google nos vuelve un poco más dependientes de él y, al mismo tiempo y
pese a sus innumerables obras sociales y solidarias, más recelosos. Con
distintos niveles de fatalismo y fantasía, la sabiduría popular establece que Google
sabe todo de nosotros, o, al menos, todo lo que hacemos en sus dominios de búsqueda, correo electrónico, geolocalización y
almacenamiento en la nube.
Escándalos como el del exagente de la CIA Edward Snowden, en busca de asilo político tras
desvelar los métodos de espionaje del gobierno estadounidense, han puesto,
precisamente, en entredicho los posibles usos que Google puede hacer de la
información que recopila sobre nosotros.
Ya es vox pópuli que los estados reclaman
constantemente a las compañías de internet información sobre sus usuarios.
Google no escapa a estas peticiones y, como recordó hace poco el vicepresidente
senior de su área Legal, de Políticas Públicas y Comunicación, David Drummond, muchas veces no tiene la opción de
rechazarlas. Lo que está claro es que Google ha sabido crear un universo de
posibilidades y necesidades nuevas a las que muy pocos están dispuestos a
renunciar.
Fuente: ticbeat.com

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